Mientras que muchos fotógrafos ensalzan el poder de la fotografía para cambiar las cosas, Alexandra Surkova lo experimentó de primera mano. Su pasión es fotografiar al lince ibérico, una especie de felino salvaje que se cree que lleva viviendo en la península ibérica un millón de años. Hace tan solo 20 años había solamente 94 linces ibéricos, pero ahora, gracias al trabajo de conservación, se estima que hay alrededor de 2000.
«Mi primer encuentro con un lince lo cambió todo», dice Alexandra. Antes utilizaba su cámara para fotografía urbana, pero en 2020 el confinamiento por la COVID-19 y el regalo de un objetivo FE 200-600mm f/5.6-6.3 G OSS de Sony transformaron su pasión. «Fue hace cinco años. Salí a hacer fotos con el objetivo y vi al lince. Me temblaban las manos. La mitad de mis fotos salieron borrosas, pero en ese momento supe que mi futuro estaba allí. Esa noche no pude dormir por las sensaciones. Había visto a este animal superescurridizo, tan raro de observar en la naturaleza».
A partir de ese encuentro fortuito, Alexandra se ha dedicado a la fotografía de animales salvajes de todo tipo, pero su gran amor es el lince. «Incluso ahora, cuando estoy sola en el campo y veo un lince, me empiezan a temblar las manos. Nunca es “solo una foto”. Lo siento como una conversación con algo atemporal, un recordatorio de que soy parte de algo mucho más grande que yo misma, una parte de la eternidad».
El lince ibérico vive en áreas bastante abiertas, a menudo dentro y alrededor de grandes fincas privadas de olivares. Aquí puede encontrar refugio entre viejos olivos huecos, áreas rocosas y arbustos, pero hay una razón clave por la que los olivares son el hábitat del lince. «Les gustan las zonas llenas de conejos», dice Alexandra. «El conejo es la principal fuente de alimento para el lince». Aprovechando la sombra de los olivos como cobertura, el lince espera pacientemente a que aparezcan los conejos. «Si observas este tipo de comportamiento, sabes dónde buscará comida el lince. Así que tratas de encontrar estos lugares en la sombra donde se quedará durante el día cuando hace mucho calor o donde cazará para alimentarse».
En verano, la temperatura en los olivares puede alcanzar los 40 ºC o incluso los 50 ºC. En invierno, todo cambia: la temperatura puede descender hasta los -3 ºC, alterando la estructura y el color del paisaje. Estas condiciones hacen que fotografiar al lince sea un reto físico para Alexandra, que espera a que haya avistamientos antes de salir con su cámara Alpha 1 II de Sony y sus teleobjetivos. «Tengo un amigo que me llama cuando ve al lince», explica. «A menudo cruzan una zona de terreno entre dos fincas. A veces espero una semana para que crucen por ahí. Tengo que estar muy callada durante doce o catorce horas, y es posible que no vea nada en absoluto». Aunque Alexandra no vea al lince, está segura de que saben que ella está allí. «El 99 % de las veces que los veo, ellos no pueden verme a mí. Pero estoy segura de que pueden olerme y oírme. Así que tal vez ahora me reconozcan y sepan que soy yo. Me gusta pensar eso, que sepan que estoy ahí saludándoles de nuevo».
Al trabajar con animales, Alexandra entiende cuál es la responsabilidad de encontrar el equilibrio entre compartir las maravillas y las historias de animales como el lince y asegurarse de que su trabajo tenga un impacto positivo. «A veces —comienza— no hace falta hacer mucho para proteger a estos animales. A veces basta con no hacer daño». Con una presencia tan grande en las redes sociales, Alexandra es muy consciente del poder no solo de sus imágenes, sino también de sus palabras. «No solo hablo con mis amigos y mi familia. Hay mucha gente que está viendo lo que estoy haciendo ahora. Eso es una gran responsabilidad. Si no tienes cuidado con tus palabras, pueden hacer daño. A veces se podía revelar la ubicación de un animal sin pensarlo, y al día siguiente ese animal podía ser cazado. Hay que tener mucho cuidado con lo que se dice».
Un mensaje sorpresa a Alexandra en las redes sociales ilustra perfectamente el poder de la fotografía para lograr cambios cuando se usa para el bien. «Fue aproximadamente un año después de que empezara a fotografiar al lince. Recibí el mensaje de un cazador. Me escribió diciéndome que me había estado siguiendo durante algún tiempo. Después de ver mis fotos, trajo una cámara. Decidió salir a hacer fotos con una cámara, en lugar de con su escopeta. Ese momento lo cambió todo dentro de mí».
Ese mensaje le mostró a Alexandra lo poderosa e importante que era la fotografía. «Es mucho más que mostrar imágenes de animales —dice—; se trata de transformación. Se trata de emoción y de evocar imágenes que ni siquiera sabías que tenías dentro de ti».
Describió ese momento como «misión cumplida», lo que le hizo darse cuenta de que si su trabajo tenía el poder de cambiar a una persona, también podía cambiar a muchas más.
«Creo que la fotografía no puede cambiar el mundo. Pero las emociones, las emociones que la fotografía puede evocar, ciertamente pueden. Es lo que sentimos cuando la miramos».
En cuanto a Alexandra, sigue sintiendo la misma emoción hoy que cuando empezó a fotografiar la vida salvaje hace cinco años. «Tengo algo especial con los linces. No puedo explicarlo, pero cada vez que voy a buscarlos, los veo. Puede que tenga que esperar 20 horas, pero al final los veré», dice. «La emoción que evoca dentro de mí sigue siendo casi la misma que la primera vez».