Cada vez que visita Svalbard, el galardonado fotógrafo de fauna salvaje Arturo de Frías tiene las mismas sensaciones familiares: la habitual sensación de asombro y emoción ante la extrema belleza de este archipiélago ártico, y la fascinación por las especies que lo habitan. Pero cada vez encuentra algo más. “Es un sentimiento de pérdida”, dice, “porque el destino de este lugar y de su vida salvaje pende de un equilibrio muy delicado”.
Veterano con más de 20 viajes al Ártico y cientos más por todo el mundo fotografiando especies en peligro de extinción tanto sobre las olas como bajo ellas, Arturo ha contemplado su buena dosis de una asombrosa fauna salvaje, pero hay un tema al que siempre vuelve: los osos polares. Y no es casualidad que también sean una de las especies más amenazadas. “Los osos fueron los que me llevaron inicialmente a intentar cambiar las cosas en los ámbitos de la ecología y el cambio climático”, explica, “y a día de hoy siguen teniendo el mismo efecto en mí. Todos los encuentros son especiales, pero algunos destacan más, y creo que la fotografía que recoge esos momentos puede tener un efecto real en la forma en que la gente percibe el mundo”.
Para Arturo, su encuentro más reciente con osos polares refleja una de sus primeras y más cruciales sesiones fotográficas. “En mayo de 2024 estaba yo dirigiendo una excursión y vimos un oso en el hielo”, recuerda. “Al ver que no se alarmaba ni se estresaba por nuestra presencia, paramos los motores y dejamos que el barco se aproximara lentamente a la banquisa, hasta situarnos a 40-50 metros para fotografiarlo. Estaba relajado y enseguida nos dimos cuenta de que estaba jugando con nosotros y exhibiéndose, revolcándose en la nieve como un cachorro, levantándose sobre sus patas traseras, jugando con el hielo, chapoteando... Fue una hora de pura alegría”.
“Una situación similar me hizo darme cuenta del poder de la fotografía. En 2011 hice una foto de otro oso polar saltando en el hielo. Me conmovió tanto la imagen que pensé: ‘Esto no puede quedarse en mi ordenador, tiene que verlo tanta gente como sea posible’. La foto se convirtió en la portada de mi primer libro, y ya he publicado siete, cuyos beneficios se han destinado íntegramente a mi fundación, Sustainable Development. Es una organización que se centra en el desarrollo rural, en la protección de personas vulnerables y en la conservación de nuestro planeta frente al cambio climático”.
“Los lugares como Svalbard son realmente la zona cero del cambio climático”, prosigue Arturo. “Es una zona que se está calentando dos o tres veces más rápido que el resto del planeta debido a la pérdida del efecto albedo, que es cuando la energía del sol es reflejada por la tierra, pero sobre todo por la nieve y el hielo. Al derretirse los glaciares y desaparecer el hielo marino, la reflexión es cada vez menor, por lo que el planeta se calienta más y perdemos más hielo. Es un círculo vicioso”.
Nuestra oportunidad de salvar el mundo natural es efímera, dice Arturo, y existe un paralelismo en la fotografía de fauna salvaje. Las oportunidades que tiene de hacer imágenes que importen no perduran mucho tiempo. “Por eso necesito las mejores herramientas fotográficas, y ahora mismo es la Sony Alpha 1 con diferencia”, explica. “Para imágenes como las de Svalbard, suelo utilizarla con el objetivo G FE 200-600mm, que me ofrece una gran variedad de opciones de encuadre, una nitidez excelente y un peso reducido”.
“Para mí, lo más importante a la hora de capturar estos momentos es el increíble sistema de autoenfoque de la cámara, y su velocidad”, continúa. “Vamos a estos lugares, o bajo el agua, para capturar majestuosos tiburones y ballenas, y esperamos que se produzca un gran encuentro. Y aunque hay mucho esfuerzo e inversión de por medio, en un viaje de una semana quizás solo haya unos segundos en los que todo es perfecto. Si el sujeto está cerca y la luz es la adecuada, quieres que la foto sea perfecta. Antes, en esas fracciones de segundo, de un total de 20 fotos podía conseguir tres o cuatro que estuvieran enfocadas, pero con la Alpha 1 son 19 de 20 como mínimo”.
Ver los efectos del cambio climático de primera mano ha tenido un gran impacto en Arturo. “Estar en Svalbard es una de las experiencias más bellas y aleccionadoras que se pueden vivir en el planeta. Allí puedes ver el cambio climático delante de tus ojos. Estuve allí en abril, después de uno de los inviernos más fríos de los últimos 20 años, y el enorme Isfjord estaba completamente helado. Pero cuando volví en mayo, todo el hielo había desaparecido. Es una situación caótica, desbocada, y los osos polares están atrapados en medio”.
Los osos polares son el ejemplo perfecto del cambio climático, dice Arturo, y conviene recordar por qué. “Son el mayor depredador terrestre de la Tierra, increíblemente poderosos y fuertes, pero también sumamente adaptados a su entorno, por lo que su posición es muy delicada”, explica. “Ese es su punto débil en un mundo que está cambiando a un ritmo más rápido que el suyo. Es bien sabido que la caza se está volviendo cada vez más difícil para ellos debido a la disminución del hielo marino, pero el cambio climático también repercute en la forma en que las osas crían a sus cachorros”.
“Hacen sus madrigueras en la tierra e hibernan allí en otoño. Los cachorros nacen en las madrigueras y luego, en primavera, salen. Pero con el hielo marino retrocediendo hacia el norte tienen que viajar cada vez más lejos para alimentarse. No han comido nada durante meses, así que las madres necesitan matar una foca dentro de una o dos semanas, de lo contrario se morirán de hambre y sus cachorros también. Ahora mismo, las cifras de población son estables, pero, si las cosas siguen así, no nos cabe duda de que dentro de unos años caerán en picado”.
Y el problema no acabará con la pérdida de una especie emblemática, advierte Arturo. “Cuando el delicado equilibrio se trastoca, el ecosistema puede colapsarse rápidamente y de formas que ni siquiera podríamos predecir”. El valor de la fotografía en este sentido es evidente, sostiene. “Jacques Cousteau decía que el ser humano solo protege lo que ama, y solo ama lo que conoce. Así que podemos enseñar a la gente a través de la fotografía, mostrarles la belleza de la naturaleza y conseguir que ayuden a proteger lo que está en peligro”.
Con los beneficios de sus libros de fotografía, que recaudan cientos de miles de euros y ayudan a poner en marcha proyectos de restauración en todo el mundo, Arturo espera que cada vez más personas puedan convertirse en guardianes de la naturaleza como lo ha hecho él. “Lo que pasa es que a los niños siempre les gusta la naturaleza cuando son pequeños, pero en algún momento ese gusto se desvanece y se olvida. La fotografía puede devolver esa fascinación, y cuando comprendemos que lo que amamos está en peligro, los sacrificios que tenemos que hacer como sociedad para proteger el mundo no parecen tan difíciles”.