A lo largo de la historia, los naturalistas se han visto motivados por el espíritu del descubrimiento. El éxtasis que les produce descubrir nuevas especies u observar comportamientos no vistos hasta ahora resulta cautivador a nivel personal, y esa alegría puede multiplicarse cuando comparten lo que han encontrado. Sin embargo, a pesar de que la humanidad empieza a ser consciente de que tiene que cuidar de la Tierra, aún queda mucho por hacer. La documentación y el entendimiento del mundo natural se ha llevado a un extremo más apremiante. Dada la indiscutible pérdida de hábitats y especies en cada rincón de nuestro pequeño oasis, los naturalistas tienen una labor educativa vital que hacer.
El naturalista y fotógrafo Javier Aznar, que ha estado trabajando con cámaras Sony desde 2018, cuenta: “La forma en la que yo lo veo es que la gente no se puede preocupar por algo si no sabe que existe. Por eso he pasado tantos años fotografiando la fauna menos conocida del Amazonas: sus insectos y arácnidos, así como ciempiés, reptiles y anfibios. Estos animales no aparecen en las portadas sobre el Amazonas u otros lugares, que suelen estar reservadas a grandes mamíferos o pájaros de colores. Sin embargo, no son menos bonitos o importantes”.
Trabajar con las cámaras y objetivos Alpha de Sony, “ha marcado un antes y un después para mí”, afirma Javier, “sobre todo porque aúnan una calidad excelente con resistencia y portabilidad. Trabajo en entornos muy extremos en términos de calor y humedad, y también camino muchísimo. Puedo pasarme hasta 12 horas al día buscando animales, por lo que un equipamiento fotográfico pequeño y ligero también implica una mochila más pequeña y ligera”.
“Los insectos, en particular, necesitan nuestra ayuda porque muy a menudo se les considera plagas, inoportunos o incluso no se les ve”, continúa. “Pero la realidad es que son una parte vital de la pirámide de biodiversidad en la que vivimos todos. Están cerca de la base de la pirámide, eso es indiscutible, pero si nos quedamos sin insectos, no hay polinización y, sin esto, se acaban los árboles, las frutas y las cosechas. Y tampoco hay animales que se alimentan de ellos: las aves y los mamíferos. Y, obviamente, sin cosechas no hay seres humanos”.
Por lo tanto, Javier sostiene que, aunque no nos guste el aspecto de las arañas o los escarabajos, debemos darnos cuenta de que conservarlos significa proteger al resto de animales por los que sí nos preocupamos. Y proteger a la especie humana. Así que en eso se ha convertido su trabajo. “Cada día”, explica, “intento encontrar animales que nadie sabe que existen para observar sus vidas y captarlos de tal manera que la gente se siente y se fije en ellos".
Evidentemente, al igual que la delicada biodiversidad de nuestro planeta, Javier no llegó a este estadio de la noche a la mañana. Su perspectiva es el fruto de una fascinación de toda una vida por la naturaleza, que empezó con las especies de España, su país natal. “Mi familia regentaba una pequeña parcela en los alrededores de Madrid”, recuerda, “y solíamos ir en verano para reconectar con la naturaleza. Mis padres me ayudaron mucho en este sentido, pues siempre me motivaban a ver la belleza de las cosas que otras personas pueden ver como desagradables o inquietantes. Y ahora, también es lo que hago yo”.
Cuando viajó a América del Sur y a Ecuador, y visitó la selva amazónica por primera vez, Javier estaba “abrumado por los animales salvajes, los paisajes y la naturaleza en general que había allí. Obviamente también era una aventura. Algunos de los lugares a los que fuimos solo eran accesibles ciertos días en canoa, y fue increíble poder visitar a los pueblos indígenas y ver lo diferentes que son sus vidas. Pensamos que necesitamos muchas cosas para sobrevivir, y ellos son una inspiración con las casas que han construido ellos mismos, la comida que recolectan y la conexión que tienen con el mundo que les rodea”.
Cada día en la selva amazónica era –y sigue siendo– un festín de descubrimientos para él. “Cuando caminas, encuentras muchos animales que solo existen allí. Cientos de especies en una sola tarde. Me siento como un niño pequeño en una tienda de golosinas. Tienen un aspecto, una forma, un color y un comportamiento extraños, totalmente diferente de lo que se encuentra en Europa o América del Norte”.
Evidentemente, durante su visita al Amazonas, también ha observado el deterioro. “Sí, he visto más pérdidas de hábitats. Las ciudades crecen, por lo que hay más carreteras y menos árboles… es algo que no se suele ver en el día a día, como cuando te cruzas con un amigo de vez en cuando y notas que ha cambiado. Son cosas de las que no te das cuenta si lo ves cada día. Pero de un año a otro, las marcas que quedan en el paisaje son mucho más evidentes”.
“Por suerte, no todo va cuesta abajo”, añade. “En algunos casos, se trata más de un cambio en el tipo de especies que viven en un lugar. Se abren nuevos nichos que se pueblan. Y también hay áreas que hemos podido conservar. Algunas especies desaparecidas durante años están volviendo”.
Javier es humilde en cuanto a lo que ha contribuido a este éxito. Según cuenta, su trabajo es simplemente generar conciencia sobre los animales que se encuentran amenazados, “o incluso algo de amor”. Y esto no solo lo consigue a través de la documentación, sino también con el impacto estético que crea con sus imágenes. “El proceso de demostrar la belleza de esos animales también pasa por conseguir fotos bonitas”, explica Javier. “Quiero que llamen la atención de manera positiva, por lo que hago uso de perspectivas originales e iluminación creativa para obtenerlo. Cuanto mejor sea la foto, más propensa será la gente a leer el pie de foto o a interesarse por el animal.
Según él, una parte importante de ello es mezclar una estética pura con imágenes de comportamiento. “Cualquier imagen que transmite un comportamiento es genial”, explica, “porque crea una conexión con el espectador. Y es mucho más importante si algunos de esos animales nos parecen extraños, porque si puedo fotografiar a una araña tejiendo su tela o cuidando de sus bebés, tendrá un efecto más lógico y emocional. También puede ser científicamente interesante y, cuando fotografías tanto como yo, estás destinado a ver algunas cosas que nunca nadie había visto antes”.
¿Algún día se acabará la tarea de cambiar la visión que las personas tienen de estos animales? “No lo creo”, dice Javier, “pero lo estamos intentando. Hay cientos de miles de especies de artrópodos, todos ellos muy distintos a nosotros, pero todos compartimos el mismo planeta y el mismo derecho a habitarlo. Intento mostrar sus peculiaridades y personalidad, y funciona. Por ejemplo, cuando conocí a mi novia, le daban pánico las arañas, pero ya no es el caso. La gente crea esas historias, esos miedos imaginarios del Amazonas que ven en las películas, pero cuando acabamos con esos mitos, nos ayuda a ver la realidad”.
"Para conservar lo que tenemos, primero debemos conocer y amar lo que podemos llegar a perder y la fotografía es un medio muy útil para sensibilizarnos y mostrar lo que nos rodea. Con mi cámara intento mostrar los animales en su forma más pura, desde un punto de vista biológico y artístico al mismo tiempo"